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PAISAJES BAJO EL SIGNO DE SATURNO. (Texto de Víctor López-Rúa)
Nuestra cultura occidental ha identificado una concreta imagen del paisaje con la inquietud y el desasosiego; con lo melancólico. La melancolía, que funda su orígen semántico en el griego, representaba el más temido de los cuatro humores hipocráticos: la bilis negra; los que caían en este estado, eran diagnosticados en la Edad Media como enfermos, locos o poseídos; es en el Renacimiento, y por influencia de la tradición aristotélica, que la melacolía se convierte en una de las virtudes de los artistas: un estado de la conciencia que sume al creador en una dimension fuera del tiempo, propicia a la evocación, a la imaginación y a la sublimación de los sentidos.
Se tratataría de un estado hermético nacido a medida de la inspiración creadora. Así, cuando nuestra mirada se encuentra con un paisaje melancólico, nace en nosotros una sensación de desasosiego, pero también de serenidad; contradicción que es fruto de esta construcción cultural de siglos. El humanista español Juan Rof Carballo, calificaba como artistas de inspiración saturnina -Goya es un ejemplo- a aquellos cuyos paisajes carecían de vegetación o encerraban geografías ásperas y secas, en las que reinaba la dureza de lo mineral.
Y en esta categoría podemos incluir también los paisajes de Carlos Regueira: son paisajes cargados de una inminente fatalidad pero que, en algunas obras, también serían propicios para la meditación. Esa orografía primigenia, agreste, en la que reina la desolación, vincula la obra de Carlos Regueira con algunos paisajes áridos de Odilon Redon, con el vacío del neorromántico Leonid Berman, pero también con Kiefer, y mucho antes con las sublimes imágenes de Friederich. Sin embargo, donde encuentro un verdadero y sorprendente aire de familia es en Willem Hammershoi, el redescubierto y celebrado pintor danés, cuyos sobrios paisajes construídos a base de planos paralelos a la superficie del cuadro, crean espacios inaccesibles con un singular tono ajeno, como si no pertenecieran a este mundo.
Pero parece que hablo sobre un pintor y estos paisajes de Regueira, aparentemente, se definen como fotografías ¿Qué ocurre, entonces?
Estas palabras de Richard Hamilton pueden darnos una pista: “Sentí que me gustaría ver cuan cerca de la fotografía me podía quedar sin dejar de ser un pintor”. Porque Carlos Regueira es un pintor que, en unión con determinadas prácticas artísticas contemporáneas, produce una pintura expandida en el campo de la fotografía, o un híbrido entre ambas técnicas. A saber: en su laboratorio, el artista, superpone fotografías de paisajes a imágenes de texturas de sus pinturas y, mediante una detenida manipulación digital, analiza las interacciones entre capas que mejor catapulten la expresión plástica del trabajo.
Esta serie de obras reciben el título de “Paisajes pervertidos” y reflejan una belleza mórbida, de campo de trincheras, amenazadora, pero que revela serenidad formal y equilibrio. Son paisajes que surgen de entre la bruma e interpelan al espectador, bajo el signo de Saturno; con todas sus consecuencias.